Quién soy

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Soy investigador postdoctoral Marie Sklodowska-Curie en teoría política en el Departamento de Políticas y Administración Pública de la Universidad de Limerick (Irlanda) y miembro del Grupo de Investigación en Teoría Política de la Universitat Pompeu Fabra (UPF). Previamente, he trabajado como investigador postdoctoral Juan de la Cierva en el Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la UPF y como investigador postdoc PDM en RIPPLE (Research in Political Philosophy Leuven), en la Universidad Católica de Lovaina (KU Leuven), en Flandes (Bélgica).

También soy licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración y tengo un Máster en Filosofía Política por la Universitat Pompeu Fabra (UPF), y Doctor en Filosofia por la KU Leuven (2018).

Aparte de esto, y seguramente más significativo aún, soy de El Prat de Llobregat, una pequeña ciudad metropolitana de Barcelona. Probablemente la conoceréis porque el principal aeropuerto de Cataluña está ubicado aquí. Pero sí, además de terminales, pistas de aterrizaje y aviones… ¡El Prat existe! Tenemos una playa, un delta, un pollo autóctono con las patas azules (llamado Potablava), alcachofas y un poco de orgullo “pratriotico” (y, por qué no decirlo, también de clase: históricamente hemos sido un pueblo de payeses y obreros). Pero, por encima de todo, tenemos gente. Gente muy distinta venida de todos lados. Debido a esta diversidad, y gracias a un extraño amor irracional hacia esta ciudad y su peculiar gente, estoy o he estado metido en un esplai y una colla castellera, entre otras movidas populares como podría ser la política. La verdad, entiendo que alguien se pregunte por qué me he complicado tanto la vida ni qué le veo a este pequeño trozo de tierra. ¡Yo mismo me lo pregunto muchas veces! Quién sabe si se deberá a la contaminación, al consumo de la “cristalina” agua del rio Llobregat o por el ruido de los aviones.

Sin embargo, he trabajado en la ciudad flamenca de Lovaina por más de cinco años. Allí (una ciudad universitaria con una arquitectura que te deja boquiabierto) me dediqué a la investigación en el campo de las ideas políticas. Los del gremio lo llamamos “teoría política”. Esta disciplina se cuestiona, entre otras cosas, cómo debería ser una sociedad (y, sobre todo, sus instituciones políticas) para que esta sea justa. En concreto, mi investigación versa sobre cuestiones de ciudadanía y multiculturalidad; y, más específicamente, sobre políticas lingüísticas en sociedades diversas. Es decir, en cómo deberían ser estas políticas lingüísticas para que fuesen justas (lo que llamamos justicia lingüística) o, al menos, moralmente aceptables.

Cuando hablamos sobre justicia lingüística nos hemos de hacer la siguiente pregunta: ¿qué principios (de justicia) deberían guiar las acciones de las instituciones políticas de una determinada sociedad en relación con sus lenguas y las de sus hablantes? Cuestiones sobre derechos y deberes lingüísticos o sobre qué valor tiene la lengua para los individuos y la sociedad están en el epicentro de este debate. Este tipo de discusiones, como os podéis imaginar, han ido preocupando cada vez más a los teóricos políticos (entre otros) por tres motivos: en primer lugar, a medida que el inglés se ha ido situando como posible lengua franca global; en segundo, a causa del aumento de las olas migratorias, principalmente hacia países occidentales; y, finalmente, por las demandas de reconocimiento (cultural, político y/o lingüístico) de muchas minorías étnicas, nacionales y/o lingüísticas de todo el planeta. Además, no debemos olvidar que este tipo de debates sobre el papel de la lenguas en nuestras sociedades ha sido troncal desde que los primeros Estado-Nación comenzaron a construirse hace ya algunos siglos.

Aparte de esto, también trabajo sobre la tradición republicana de pensamiento y su noción de libertad como no-dominación. El republicanismo es una vieja tradición de pensamiento que se inicia en la antigua Atenas, pasando por la Roma republicana, y que llega a su auge durante el Renacimiento (especialmente con la figura del político y filósofo Maquiavelo), las revoluciones inglesas y, finalmente, las revoluciones francesa y americana. Esta tradición se preocupa por cómo podemos crear sociedades en las que los individuos puedan vivir sin sufrir dominación, es decir, sin depender de las decisiones arbitrarias de terceros (sea un Estado, una empresa, o una persona). Dominación es cuando un patrón se aprovecha de la situación de precariedad y desprotección de un trabajador para ofrecerle un empleo poco seguro y mal pagado; cuando una mujer padece violencia machista o cuando un grupo minoritario sufre las interferencias arbitrarias de un grupo mayoritario (por ejemplo, cuando se vulneraban flagrantemente los derechos civiles de los afroamericanos) sin que este tenga los medios necesarios a su alcance para poder defenderse. Ya lo decía Manuel de Pedrolo (1918-1990) “La libertad no es hacer lo que uno quiera, es no tener que hacer aquello que los otros quieran” [traducción propia]. De este modo, para los republicanos, una sociedad justa es aquella que elimina o minimiza los riesgos de dominación y que, por lo tanto, protege la libertad de sus ciudadanos.

Otros temas interesantes donde suelo fisgonear cuando tengo tiempo tienen que ver con la justicia distributiva (cómo deberían distribuirse los recursos entre las personas de una sociedad para que esta división fuese justa) o cuestiones de nacionalismo, democracia o teorías sobre el derecho a la autodeterminación y la secesión.

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